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Éste es un relato que escribí hace un buen tiempo. Lo pongo aquí para dos cosas: para que vea a luz aunque no sea una producción que pueda mirar sin crítica, y para que los mismos lectores lo critiquen cuanto deseen.

Uno, dos, tres. Los saltos en consecutivo del peludo cuerpo blanco. Otros tres saltos. El olor de las hierbas. Esta sí es para comer, esta no. las hojas se deshacen entre los dientes penetrantes. Otros dos saltos y se pone a funcionar la nariz, el olfato. Los bigotes se agitan con cada rápida inhalación y exhalación. Ser conejo es una excelente forma de vivir, sólo se salta, se es muy suave, y blanco, y se roen las plantas con movimientos muy rápidos de la boca. La vegetación es verde, espesa, húmeda, tapiza el suelo y el verde suena bajo la presión del peso del roedor, como cuando se aprieta con el puño una hoja de lechuga, la luz del sol se filtra por entre los árboles, mas casi toda viene desde donde termina el suelo, donde se da paso a un abismo. Cerca al borde del precipicio, hay sólo un par de árboles obstaculizando un poco la iluminación, un poco ala vista de la gran llanura desierta. En su búsqueda de plantas jugosas el conejo se acerca a esos dos árboles y se mueve alrededor de ellos.

La llanura es amarilla, está agrietada. En las mañanas sale humo a través de las grietas; ahora, en la tarde casi no. Se extiende hacia el oriente donde la contienen unas colinas a veces azules, a veces rojizas. Hacia el norte y el sur no se le ve fin, al menos, desde aquel saliente de terreno donde ahora se comen tallos de pasto.

Entre el sonido del viento, de la hierba triturándose, de las alas de los insectos y el agitarse de las hojas, aparece un murmullo en el aire. Se oye igual que cuando una corriente de viento entra directamente en el oído. Los ojos, antes puestos sobre una reluciente hoja, se mueven con el resto del cuerpo que da un giro hacia la derecha, quedando frente, y a un par de metros, del vacío. Los ojos buscan el nuevo ruido. El conejo no se altera, no existe quién le cace, sólo observa vagamente el cielo, lleno de esa tranquilidad que le inspira ver sus propios bigotes moviéndose a la par con la nariz. Ve arriba, en el firmamento sin nubes, una cosita que desciende. La cosa, como un insecto, como una mosca, tal vez como una abeja, pero muy ruidosa, destella reflejando la luz del sol, se acerca a la llanura echando chispazos y explosiones como en las noches de tempestad. El conejo se resguarda en la raíz de un viejo árbol.

La cosa se posa sobre la llanura, el conejo, con diminutos saltos, se acerca al filo del abismo para poder ver. De entre las chispas salen corriendo pequeños seres de dos patas. Todos se alejan un poco del abeja. Algunos de ellos ayudan a moverse a otros que están heridos, otros sacan a los muertos y otros, con prisa, dirigen chorros de espuma blanca contra las llamas. En su desespero no se fijan, las grietas en el suelo se agrandan, el peso de la abeja hace que el terreno se hunda un poco, vapor empieza a salir entre las hendiduras. El conejo mira cómo de repente la delicada capa de roca se rompe y libera el calor del lago bajo ella. La abeja se hunde arrastrando algunos de sus pasajeros, los demás huyen como pueden pero el piso se les sumerge en roca fundida y todos se deshacen hervidos en un charco rojo, en un punto de la llanura.

Ya no se ve nada en la superficie. El conejo, con suaves saltos, vuelve a su tallo de pasto y lo roe.

David Pérez M

Abril de 2009

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