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La energía se fue a las seis de la tarde… no, era más temprano, se fue como a las cuatro y media. Cali siempre es un caos, y lo es más cuando no hay energía y aquello que la salva de que el caos termine en caos total es, precisamente, su miseria.

Cali está adornada en cada calle, en cada esquina, en cada orilla de esos caños inmundos cuyos gases lo hacen toser a uno sin que los pulmones le den la oportunidad de volver a tomar aire, de gente que no existe. Esa gente que no existe le vende a uno chontaduros, películas piratas, aguacates y mil cosas más, le limpian el parabrisas y hacen maromas frente al semáforo con un par de antorchas encendidas. En las esquinas de la gente que no existe, en un plano medio entre la realidad y la inexistencia, están los semáforos. Su presencia en ese limbo dimensional mantenido por la hijueputez de los conductores caleños, deriva en que no sean visibles para gran cantidad de ellos según cómo estén dispuestas las energías cósmicas difractadas en los cincuenta litros de gases contaminantes que botan los buses a cada minuto.

Resulta ser que cuando la luz se va, los poquitos semáforos aún visibles desaparecen y le toca entonces a estas graciosas figuritas de pantalón azul turquí y camisa blanca, con casco de Meteoro y gafas ochenteras llegar en sus motos, plantarse en los cruces, y tratar de controlar el tráfico. Los agentes de tránsito son una buena forma en que muchos conductores caleños se entrenan para pasarle por centímetros a una persona sin atropellarla mientras le gritan “¡hijueputa!”, al tiempo que el agente le hace señas de que no pase, y que NO pase, porque está corriendo el otro carril. Otras veces sirven para entrenarse en el arte de acelerar mucho el carro y frenarlo de repente, a centímetros de las botas del agente, y mirarlo a través del parabrisas del carro diciéndole con los ojos “quitate malparido sino te paso por encima o te doy un plomazo”. Pero no todos los conductores son unos hijueputas, y estos poquitos entienden por qué Meteoro dejó su auto de carreras y se vino en moto a hacerles el “pare”, y ellos paran. Pero a veces los cruces son muy grandes, como el de la pasoancho con sesenta y seis o como el de la diez con sesenta y seis, donde hay por lo menos cuatro carriles en una dirección y otros cuatro carriles que los atraviesan. Aquí es cuando se dejan de lado las películas piratas y los controles remotos y los invisibles se hacen visibles. En coordinación con los agentes de tránsito, estos vendedores callejeros comienzan a hacer señales de pare, señales de siga. Y los conductores les hacen caso (bueno, no todos, estamos hablando de Cali). Entonces mientras el agente de tránsito para un carril, los vendedores le dan vía a otro, y así cumplen ellos, que no tienen carro, con una labor de protección para que todos los carros no se estrellen (casi que intencionalmente) los unos contra los otros. Claro, los vendedores no lo hacen porque sí, no sería justo para ellos dejar de vender lo suyo para ponerse en ese trajín: recogen plata entre los conductores para que les recompensen por su labor, y al parecer les va bien.

Uno saca la moneda y se la pasa al vendedor. Tan pronto avanza en el carro, uno nota a través del retrovisor cómo el vendedor se hace translúcido, y después desaparece, volviendo a su propia dimensión.

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*Borondo: El término lo tomo del bloguero caleño @ahediaz. En su blog http://deborondovideoblog.blogspot.com dice: “¿En qué consiste el tan famoso borondo caleño? En subirse con varios amigos en un carro, poner música, la gafa oscura y salir a dar vueltas sin propósito o sin ninguna meta.”

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