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El inicio de la noche. En el bus, esperando aún a que éste terminara de llenarse, miré por la ventana, hacia mi derecha.

Tres niños negros jugaban en el pasto, en la zona verde que separaba un carril de la calle del otro, al menos dos llevaban en las manos una escobilla para limpiar los parabrisas de los automóbiles. Jugaban con un globo rojo, bien lleno de aire.

En ese momento el globo era un balón de fútbol. Los niños lo pateaban no con el afán de meter un gol, sino más bien de lograr quitárselo al otro, en eso consistía el juego pues el balón era muy liviano y la cancha demasiado pequeña.

Los niños dejaron de jugar, rodearon el globo. Asiendo la escobilla como si fuese un martillo, uno de ellos intentó golpearlo, mas éste se le escapó por centímetros. De nuevo mandó el golpe, acertó, el globo desapareció.

Los niños volvieron a la calle, caminando junto a la hilera de autos a los que les lavaban el parabrisas por una moneda.

David Pérez Marulanda. Mayo de 2010

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