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Saliendo de la universidad, como siempre, está el hollín de los buses.

Una parte íntegra del sistema respiratorio de las caleños, y ni que decir de su sistema de comportamientos y pensamientos, está cubierto de nubes y placas de hollín encostradas por donde quiera que han podido adherirse.

Creo que esta tarde al salir me he salvado por poco. Ese humo negro, carbonoso, aceitoso, metálico, pesado, contaminado, delicioso sobre las comidas callejeras, se me metía en los pulmones al ser expulsado del escape de un bus que iniciaba su marcha. Ella pasó. No sé quién era, la acera estaba oscura. No iba sola, se dirigía con unos amigos en sentido opuesto al mío. Levaba puesto un perfume que me sacó el hollín de los pulmones, de la cabeza y de las manos. Me salvó de no se qué, pero sentí que algo cambió o tal vez se conservó. Ella siguió mientras su olor se disipaba, pero no se iba de mí. Tomé el transporte de regreso a casa.

Al bajarme del bus quedamos, mi hermana (olvidé mencionar que andaba con ella) y yo en el andén, justo debajo de un árbol. “Qué particular es el olor de ese árbol”, me dijo ella. En ese instante fui consciente del olor. No sé por qué, miré en ese momento la fachada de una casa recién decorada con ornamentación navideña. No sé por qué asocié o intenté asociar el olor con la navidad y las luces rojas y los listones rojos, los colores y esas cosas.

Fui consciente de que olía, mi sentido del olfato no sólo se limitaba a la aspiración del humo del bus. Aquel olor ya lo había sentido muchísimas veces, sólo que nunca fui consciente de ello hasta ese momento. Los olores, los olores, los olores, olorcitos. El olor a árbol, el olor a flores de árbol. Cali, tus olores están escondidos, huyéndole al hollín.

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David Pérez, Noviembre 24 de 2009



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