June 19, 2009

Durante las últimas semanas los noticieros nos han ofrecido recurrentemente informaciones sobre el programa nuclear que adelanta Corea del Norte y sus recientes pruebas nucleares y de misiles. Estas acciones del país asiático han desencadenado protestas tanto de los países vecinos como de muchos otros alrededor del mundo. Lo ideal y más sano sería que la preocupación por evitar el desarrollo de un programa atómico por parte de Corea del Norte tuviera como fines principales la protección de la vida humana y del planeta en general y la suspensión de la creación, el desmonte y desactivación de cualquier artefacto nuclear que exista en el mundo. Mas la intención mencionada no parece ser la que está detrás de las protestas de algunas naciones, bueno, de una en particular: Estados Unidos. Este país es poseedor de un inmenso arsenal nuclear, tiene un registro de hasta cientos de pruebas nucleares realizadas e incluso, de dos ataques nucleares sobre poblaciones, como fueron los ataques contra Hiroshima y Nagasaki en Japón en 1945, los cuales dejaron alrededor de 140.000 y 80.000 muertos respectivamente, la mayoría civiles.  Que yo sepa actualmente no hay una intención de desmonte de las plantas, los misiles y submarinos nucleares norteamericanos  (si estoy errado agradecería las correcciones), los cuales existen desde hace décadas, al igual que en Rusia y Francia, entre otras potencias. A veces me parece que la intención es más bien no dejarse quitar ese “derecho” a ser los únicos que pueden vaporizar a la humanidad y mantener el dominio sobre otros países a través de la intimidación, la presión y la acción militar y atómica. Si Corea del Norte debería detener y desmontar su programa nuclear, cosa que sería grandiosa y que es absolutamente imperativa, todos los demás países del mundo, sin excepción, deberían hacer exactamente lo mismo. Pero se nos olvida una cosa cuando emergen estas polémicas sobre armas atómicas. Si se critican tan duramente por su desmesurada capacidad de aniquilación, es de resaltar que mayor daño se ha hecho con armas convencionales o hasta con las propias manos, de modo que no basta simplemente con un desarme nuclear, porque en el fondo las bombas nucleares no son las peligrosas, sino el hombre en general. Cuando hablo de armas convencionales tomo como ejemplo un hecho que al parecer aún hoy día permanece en las penumbras: el bombardeo de Dresde. Durante la segunda guerra mundial, Dresde, la séptima ciudad más grande de Alemania, también importante centro histórico y arquitectónico, se había convertido en un sitio de arribo de refugiados. Hasta el 12 de febrero de 1945, ya muy avanzada la guerra, había permanecido intacta gracias a que no albergaba maquinaria bélica en lo absoluto, no tenía fábricas militares u otras instalaciones o elementos que representaran un objetivo para las fuerzas aliadas, no representaba ninguna amenaza. Esto hasta el punto que ni siquiera estaba defendida por los alemanes. Sí, lo dicho, era una ciudad indefensa. Entre el 13 y 14 de Febrero de 1945 bombarderos británicos y estadounidenses atacaron la ciudad con miles de toneladas de bombas explosivas e incendiarias. La ofensiva constó de tres oleadas de bombardeos que dejaron como saldo alrededor de 135.000 personas muertas, en su gran mayoría civiles. Casi la misma cifra que en Hiroshima, mas esta vez con armas convencionales. Los testimonios de los sobrevivientes, incluyendo el del reconocido autor estadounidense de ciencia ficción Kurt Vonnegut que se encontraba en esa ciudad como prisionero de guerra al momento del bombardeo, afirman que momentos más tarde aviones caza norteamericanos pasaron ametrallando a los sobrevivientes que estuvieran a su alcance. Vonnegut realizó una admirable narración de los hechos en su libro Slaughterhouse Five (Matadero Cinco). El episodio ha sido llamado por muchos un crimen de guerra sin que hasta ahora oficialmente se le haya determinado como tal y los motivos que pretendiesen justificar el ataque nunca fueron esclarecidos. Se especula, entre otras cosas, de una forma de demostrar el poderío aéreo aliado frente a los soviéticos, por las tensiones políticas entre estos. Como dije, no había objetivos militares en la ciudad, quienes estaban allí eran mayormente civiles refugiados. Bueno, dejemos de lado las bombas y a las potencias, bueno, no del todo a las potencias, para pasar a otro terrible episodio, este mucho más próximo en el tiempo, que fue el genocidio de Ruanda en 1994. Las tribus Hutu y Tutsi, después de una larga historia de conflictos y tensiones políticas y étnicas se vieron envueltas en uno de los peores genocidios de las historia reciente que cobró fuerza el 6 de abril de 1994. El odio entre estas tribus derivado de desigualdades sociales desembocó en el asesinato, durante un periodo de 100 días, de más de un millón de ruandeses, en su mayoría pertenecientes a la tribu tutsi. La mayor parte de asesinatos fueron cometidos por los Hutu, etnia mayoritaria ya que los Tutsi representaban un 14% de la población. Algo importante sobre este genocidio es que raramente fueron utilizadas armas de fuego. Las armas predominantes fueron machetes, hachas y garrotes, que en otras circunstancias habían sido herramientas para el trabajo agrícola. Algunos de los perpetradores Hutu habían recibido entrenamiento para matar y fueron organizados en las interahamwe, escuadrones de la muerte de los que se dice recibieron apoyo logístico y de entrenamiento por parte del ejército francés.

Entonces, no hay que concentrase únicamente en el uranio y sus derivados, derivados que de forma tan dedicada muchas naciones se encargan de producir. No hacen falta bombas atómicas para producir aniquilaciones masivas, ni siquiera bombas convencionales o armas de fuego. Sólo basta con el odio contra nosotros mismos y las condiciones que lo generan. La seguridad del mundo depende de muchísimo más que del desmonte y prohibición de las armas nucleares.

Referencias

Genocidio de Ruanda en Wikipedia.org.

IrBombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en Wikipedia.org.

IrGuerra judicial entre Francia y Ruanda por el genocidio tutsi. En Elmuindo.es. 22 de noviembre de 2006.

David Pérez, Junio 2009

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